Mañana se cumplen 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, pero la historia del ataque que cambió a Estados Unidos continúa escribiéndose. Las investigaciones ya reconstruyeron quiénes lo ejecutaron y cómo ocurrió; ahora son los archivos recién liberados, la genética forense y las enfermedades que aparecen décadas después los que están revelando nuevas dimensiones de aquella tragedia.
Esta misma semana, Nueva York abrió por primera vez un gigantesco archivo público con más de 170 mil páginas sobre la respuesta gubernamental posterior al derrumbe del World Trade Center, los riesgos sanitarios y la calidad del aire que respiraron rescatistas y sobrevivientes. El material incluye documentos buscados durante años y vuelve a colocar bajo la lupa lo ocurrido cuando las Torres Gemelas ya habían desaparecido del horizonte.
Cuatro aviones y 2,977 víctimas
La mañana del 11 de septiembre de 2001, 19 integrantes de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales.
Dos fueron estrellados deliberadamente contra las Torres Norte y Sur del World Trade Center en Nueva York; un tercero impactó el Pentágono, cerca de Washington, y el cuarto, el vuelo 93, cayó en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes se enfrentaron a los secuestradores.

Los ataques dejaron 2,977 víctimas de más de 90 países: 2,753 murieron en Nueva York, 184 en el Pentágono y 40 pasajeros y tripulantes perdieron la vida en el vuelo 93.
El FBI emprendió entonces PENTTBOM, la investigación más grande de su historia. Más de 4 mil agentes especiales y 3 mil empleados profesionales participaron en distintas etapas; la agencia siguió más de 500 mil pistas, realizó más de 167 mil entrevistas y procesó unas 150 mil piezas de evidencia.
Las señales de alarma estaban ahí
Uno de los capítulos más incómodos del 11-S apareció después, cuando la Comisión Nacional encargada de investigar los ataques reconstruyó las advertencias que habían llegado a las agencias estadounidenses durante los meses anteriores.
El entonces director de la CIA, George Tenet, describió aquel verano con una frase que se volvería histórica: “The system was blinking red”, una referencia a la intensidad de las alertas sobre Al Qaeda.
El 6 de agosto de 2001, el presidente George W. Bush recibió un informe de inteligencia titulado Bin Ladin Determined To Strike in US. El documento advertía del interés de Osama bin Laden por realizar ataques dentro de Estados Unidos y mencionaba antecedentes relacionados con secuestros de aviones y actividades de Al Qaeda en territorio estadounidense.

La Comisión determinó que existieron fallas para compartir información, coordinar agencias y convertir las señales disponibles en acciones internas eficaces. La reconstrucción oficial distingue esas alertas generales del conocimiento operativo necesario para anticipar los cuatro vuelos, blancos y hora exacta de los atentados.
170 mil páginas abren otro capítulo del 11-S
A 25 años, una parte importante de la historia ya no está centrada en los aviones, sino en el polvo y el humo que cubrieron el Bajo Manhattan después de los derrumbes.
El 8 de septiembre de 2026, la administración de Nueva York abrió un portal con aproximadamente 170 mil páginas de archivos municipales sobre calidad del aire, salud y respuesta oficial. Entre ellos están el llamado Harding Memo, las conocidas como “68 cajas” —documentos que no fueron localizados hasta 2025— y expedientes relacionados con el World Trade Center 7.
Los archivos también permitirán a sobrevivientes y trabajadores buscar documentos que ayuden a demostrar que estuvieron dentro de la zona de exposición y acceder a programas federales de atención médica y compensación.
La apertura coincide con una realidad que sigue creciendo: más de 10 mil integrantes del Departamento de Bomberos de Nueva York tienen certificada al menos una enfermedad física relacionada con el 11-S. El informe de 25 años del FDNY contabiliza 10,562 miembros con condiciones físicas, 4,496 con alguna condición de salud mental certificada y 4,257 con certificación por cáncer.
El 11-S sigue sumando nombres a su memorial
El pasado 2 de septiembre, el FDNY agregó 36 nombres a su Memorial Wall. Son bomberos y personal de emergencia que sobrevivieron al ataque, pero fallecieron posteriormente por enfermedades relacionadas con los trabajos de rescate y recuperación en el World Trade Center.
La cifra muestra una de las transformaciones más importantes en la manera de comprender el saldo del atentado: las 2,977 víctimas corresponden a quienes murieron directamente aquel día, mientras los efectos sanitarios han seguido cobrando vidas durante las décadas posteriores.
El ADN devuelve una identidad 25 años después
La ciencia forense también continúa trabajando sobre restos recuperados en Ground Zero.
El 24 de agosto de 2026, la Oficina del Médico Forense de Nueva York anunció que una mujer cuya identidad se mantiene reservada por petición de su familia se convirtió en la víctima número 1,654 del World Trade Center identificada oficialmente.
La diferencia estuvo en el método: fue la primera víctima del 11-S identificada mediante genealogía genética forense investigativa (FIGG), técnica que combina información genética y relaciones familiares para encontrar coincidencias que los métodos convencionales no habían podido establecer.
El avance permite volver a examinar restos recuperados hace un cuarto de siglo y abre una nueva posibilidad para cientos de familias que todavía esperan una identificación individual.

Los niños que respiraron aquel polvo ya son adultos
Otro de los grandes interrogantes científicos se encuentra en quienes eran demasiado jóvenes para protagonizar los primeros estudios médicos.
En agosto, el CDC y el World Trade Center Health Program anunciaron un nuevo esfuerzo de investigación enfocado en las personas que tenían 21 años o menos durante su exposición al 11-S, incluidos quienes todavía estaban en gestación.
Más de 1,500 publicaciones científicas han analizado los efectos sanitarios entre poblaciones expuestas, pero sólo una pequeña parte se ha concentrado en quienes eran niños, adolescentes o jóvenes. Las nuevas investigaciones estudiarán salud respiratoria, desarrollo pulmonar, reproducción, salud mental, metabolismo, enfermedades cardiovasculares y cáncer.
Para una generación que hoy se encuentra en sus 30 o 40 años, el 11-S podría seguir mostrando consecuencias que necesitan décadas para hacerse visibles.
¿El acero tenía que derretirse para que cayeran las torres?
Uno de los mitos más persistentes parte de que el combustible de avión no alcanza la temperatura necesaria para fundir el acero y utiliza ese dato como argumento para afirmar que las Torres Gemelas tuvieron que ser demolidas.
La investigación del National Institute of Standards and Technology (NIST) explica que el acero no necesitaba fundirse. A unos 1,000 grados Celsius puede perder aproximadamente 90% de su resistencia a temperatura ambiente. Los impactos dañaron estructuras y desprendieron protección contra incendios, mientras los fuegos posteriores calentaron y debilitaron columnas y vigas.
NIST tampoco encontró evidencia que corroborara una demolición controlada con explosivos en las Torres Gemelas. Los registros visuales muestran que los colapsos comenzaron en las zonas dañadas por los impactos y los incendios.

¿Y por qué cayó el World Trade Center 7?
El WTC 7 alimentó otra de las teorías más extendidas porque ningún avión impactó directamente el edificio y, sin embargo, se desplomó horas más tarde.
La investigación técnica determinó que el inmueble sufrió incendios fuera de control durante horas y que la expansión térmica provocó fallas en elementos estructurales interiores hasta desencadenar un colapso progresivo. NIST también examinó escenarios relacionados con explosiones y termita y concluyó que las condiciones observadas correspondían al efecto de los incendios sobre la estructura.

Una tragedia que no terminó el 11 de septiembre
Un cuarto de siglo después, las imágenes de las Torres Gemelas siguen siendo el símbolo del atentado, pero los hallazgos de 2026 cuentan otra parte de la historia.
Las 170 mil páginas recién abiertas permiten revisar la respuesta sanitaria; la genealogía genética está devolviendo nombres a restos que permanecieron sin identificar durante décadas; los médicos siguen documentando enfermedades entre los rescatistas y una nueva generación de científicos comienza a estudiar a quienes respiraron aquel aire cuando eran niños.
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