Kim Jong-un y sus guerras internas

Corea del Norte libra una batalla menos mediática pero tan vital como la de su programa nuclear: alimentar a su pueblo.
Kim Jong-un prometió en 2012 que los norcoreanos “nunca más tendrían que apretarse el cinturón” y sus esfuerzos sobrevuelan las sanciones internacionales y las carencias de su sistema productivo. Todo es brumoso en el país más hermético del planeta: los expertos discuten con parecido brío cuánto le falta para fabricar un misil que arrase Nueva York y lo cerca que está de conseguir la anhelada autosuficiencia alimentaria.

Una reciente visita de la prensa extranjera a Pyongyang subrayó los empeños de la propaganda por mostrar los éxitos económicos, los desvelos por cuidar a su gente y su inmunidad a las sanciones. La comitiva fue recibida por la mitad del cadáver de una vaca sobre la mesa de la cocina de un orfanato. En sus atiborradas despensas se acumulaban cajas de verduras, tofu, pescado y aceite, todas etiquetadas en inglés. Son regalos personales de Kim Jong-un, aclaraba la encargada: “Cuando estuvo aquí nos dijo que todos eran sus hijos y que cuidaría de ellos”, comentó. Las 3 mil 500 calorías diarias que presuntamente ingieren los 225 niños engordarían a un atleta de élite.

Paisaje apocalíptico

La ONU describe un paisaje apocalíptico. Las devastadoras inundaciones y las peores sequías en 16 años que ha encadenado Corea del Norte este año reducirán en un tercio la producción agrícola del siguiente, sostenía un estudio. Dos de cada cinco habitantes sufren malnutrición, 70% depende del sistema de distribución estatal para sobrevivir y los ancianos y niños son los más amenazados. Las raciones han caído a los 400 gramos diarios, por debajo de los 573 gramos del objetivo gubernamental.

La ONU aprobó una partida de 6.3 millones de dólares en ayudas para compensar la escasez de arroz, maíz, papa y otros alimentos esenciales. No se recordaba un contexto tan alarmante en las últimas dos décadas.

Algunos analistas aseguran que los recortes han alcanzado al mimado estamento militar y que sus 1.2 millones de soldados carecen de la elemental forma física para entrar en combate. Corea del Norte destinó a Defensa entre 2004 y 2014 una cuarta parte de su PIB, de lejos el mayor porcentaje en el mundo. La ONU también alerta que se ha agravado el acceso a la asistencia médica, que la ley establece como gratuita. Uno de cada cinco norcoreanos no disfruta de agua potable y muchas regiones carecen de los centros hospitalarios y medicinas para cubrir las necesidades básicas.

La abrupta cancelación de un festival internacional de la cerveza en julio pasado, sin ninguna explicación, sugiere que la sequía ha castigado al país más de lo que Pyongyang admite. Y el portal de internet especializado en ese país, Daily NK, citó fuentes norcoreanas que revelaban la desilusión creciente porque el gobierno invierte más en misiles que en mejorar la vida del pueblo.

Y en el rincón opuesto está el espectacular crecimiento económico de 3.9% en 2016, según el Banco de Corea (BOK, con sede en Seúl).

“Los datos de la ONU y del BOK son totalmente compatibles. Los registros de salud pública son muy bajos, sin embargo la economía nacional está expandiéndose. Pero esta última no hace referencia a la renta per cápita, no hay que olvidar que Corea del Norte es uno de los países más pobres del mundo”, señala Jiyoung Soon, experta en estudios coreanos del Instituto de Asia de la Universidad de Melbourne. La renta per cápita al sur del paralelo 38 multiplica por más de 20 a la del norte.

La falta de datos oficiales aconseja el escepticismo. El BOK utiliza indicios y sus estimaciones han generado siempre desconfianza en los expertos, especialmente cuando invariablemente le otorgaba tasas modestas de 1% o 1.5%. La última, señalan, es más realista.

Otras fuentes señalan que la estabilidad de los precios del arroz sugiere que el cuadro no es tan grave como el descrito por la ONU. Pero entre todas esas dudas emerge una certeza compartida por los analistas: las condiciones de vida han mejorado ostensiblemente en los últimos años.

La Ardua Marcha

En los cuarenta Corea del Norte era el país más industrializado de Oriente, sólo superado por Japón. En 1970 todavía aventajaba a su vecino del sur y en la década siguiente, aunque sin excesos, podía alimentar a su pueblo. Pero la gestión irresponsable, el mastodóntico gasto militar y las pertinaces sequías desembocaron en las grandes hambrunas de mediados de los noventa.

En esa época, que el país conoce como La Ardua Marcha, murieron alrededor de 1 millón de norcoreanos, 5% de la población de entonces.

“Terminó en 1999 y desde entonces la producción alimentaria se ha recuperado lentamente. Hubo intermitentes escaseces en la primera década del milenio que causaron bolsas de malnutrición, pero nunca regresaron las hambrunas. Desde 2010 han mejorado las cosechas y el consumo ha subido”, explica en entrevista Stephen Haggard, autor de un libro sobre La Ardua Marcha.

Al ocupar el poder en 2011, tras la muerte de su padre, Jong-un anunció que su prioridad era la prosperidad de su pueblo y en la tradición nacional sonó contracultural. La autosuficiencia alimentaria es indispensable cuando las sanciones ahogan su comercio internacional. “Conseguirla será como una bomba de hidrógeno hacia nuestros enemigos”, clamó en julio el diario Rodong Sinmun, principal órgano del gobierno.

Pyongyang ha empujado a ganaderos, agricultores y voluntarios a solventar los crónicos déficit. “Sólo necesitamos conseguir la autosuficiencia alimentaria con una agricultura adecuada y entonces no importará lo que hagan nuestros enemigos: nuestro socialismo será potente y permitirá la construcción revolucionaria”, bramó Kim Jong-un en la prensa oficial en febrero pasado.

La agricultura genera 21% del PIB, emplea a 40% de la población y se enfrenta a problemas muy serios. El clima es el más evidente: heladas invernales, pertinaces sequías en primavera y 80% de las lluvias concentradas en julio y agosto. El país padece un sinfín de desastres naturales que la degradación del terreno y el calentamiento global han acentuado. El abuso de fertilizantes químicos durante décadas ha rebajado la calidad del suelo y la orografía montañosa en 70% del país tampoco ayuda.

Su superficie arable –de 15%– se suele esgrimir como un impedimento insuperable pero no lo es: la media global es de 10.6%. China es autosuficiente con el mismo 15% y Australia es un gran exportador con apenas 6%. Son más decisivos otros factores, como la falta de incentivos de las economías planificadas o la mecanización insuficiente que obliga a desplazar a población urbana al campo en temporada de cosecha.

Las reformas en el mohoso sistema ya permiten a los agricultores vender por su cuenta la cosecha tras entregar la cuota estatal, y el plan quinquenal aprobado en mayo introduce mejoras de explotación para doblar la cantidad de grano en 2030.

La producción agrícola en los años buenos ronda los 4.5 millones de toneladas, cuando el país necesita 5.5 millones. En 2016 se alcanzaron los 4.8 millones con un aumento de 7% respecto al ejercicio anterior, que fue glosado por el régimen como el epítome de su eficacia.

Corea del Norte solía suplir el déficit con importaciones y ayuda humanitaria, principalmente de Seúl, pero la tensión en la península y las sanciones internacionales han arruinado esa vía.

Ningún sector fue más mencionado por Kim Jong-un en su último discurso de Año Nuevo que el pesquero. Una piscifactoría de la capital produce 2 mil 500 toneladas de siluro anuales destinados a colegios, hospitales y mercados de la ciudad. Alcanzan los 10 kilos en tres años y los más veteranos pasarían por ballenas.

El jefe de producción, Hong Sun Gwon, describía a la prensa extranjera los contratiempos insalvables, como la falta de reproducción que padecieron desde su apertura en 2002 hasta dar con la nueva especie autóctona, mezcla de hembras húngaras y machos egipcios.

El hallazgo de Kim Jong-un, también experto en manipulación genética, quintuplicó la producción anual. “Todo es local: la tecnología, la maquinaria y el pienso, que antes teníamos que importar”, señaló con orgullo Hong.

Política “byungjin”

Kim Jong-un ha acuñado el término “política byungjin”. Consiste en hacer compatible la carrera nuclear con la calidad de vida de la población y jubila el principio de “lo militar lo primero” de su padre, Kim Jong-il. La misión es quimérica, insisten el gobierno surcoreano y la prensa oficial china, entre otros: esa economía comatosa no puede asumir tantos frentes y urge olvidarse de los misiles para eludir el colapso.

Pero la mayoría de expertos juzga lo contrario un lustro después de que Pyong­yang enunció dicha política. El 86% pronostica que Pyongyang habrá mejorado su economía y sus armas nucleares en 2021, según una encuesta reciente de NK News entre unos 50 analistas. Sólo uno vaticina el desastre.

Jong-un ha incentivado unas incipientes reformas que recuerdan sin remedio a las de Deng Xiaoping.

–¿Se preocupa realmente más que sus predecesores en el bienestar del pueblo? –se le pregunta a Benjamin Katzeff Silberstein, coeditor de la web North Korea Economy Watch.

–Ha enfatizado más que su padre en el ocio y la diversión con proyectos como el resort de esquí. Las mejoras en infraestructuras económicas y la expansión del sistema de mercado han contribuido mucho a aumentar la calidad de vida de la gente.

Haggard recuerda que el régimen ha canalizado la inversión fundamentalmente hacia la capital y que las desigualdades han aumentado en una sociedad orgullosamente socialista. “Las sanciones limitarán el desarrollo y con China participando activamente en ellas es muy probable que la economía recaiga en sus problemas este año”, vaticina.

Existe la creencia de que Jong-un mantendrá su trono mientras la economía se mueva en unos márgenes razonables. Pero Andrei Lankov, reputado especialista en Norcorea, recordaba recientemente que las grandes revoluciones en el mundo han coincidido con épocas de miseria. Aquella Ardua Marcha sin reseñables turbulencias sociales sirve de ejemplo. Es la percepción de que la vida podría ser mejor con otro sistema la principal catalizadora de los cambios radicales.

Y la amenaza para Jong-un es la vecina Corea del Sur, con la que su paraíso comunista pierde cualquier comparación. Su preocupación, además de mejorar la vida de su pueblo, es impedir que trascienda lo que ocurre al otro lado de la alambrada.

Con información de Proceso

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