Las lecciones de un terremoto

DEL REPORTERO

Aquella mañana del 19 de septiembre de 1985 era jueves, ese día terminábamos un curso de actualización quienes éramos corresponsales del periódico El Día. Nuestro hotel era el viejo y tradicional Regis en la avenida Juárez junto a la Alameda en la Ciudad de México.

Salí de la última función que se exhibió en el cine Regis, era una película mexicana llamada La Cigüeña.

Caminamos, el corresponsal de Nuevo León, Francisco Salazar y yo, por la bella calle que resguarda el Hemiciclo a Juárez. Desde ahí se veían plenos la torre Latinoamericana y en el otro extremo el viejo edificio de la Lotería Nacional.

Platicamos de todo, el presente y el futuro, cerca de la una de la mañana subimos a nuestra habitación en el quinto piso.

Me desmañané y a las 7 estaba listo, era el último día y regresaba a Puebla. Mis compañeros de programa de radio en Puebla, A toda Máquina, Fernando Canales y Marco Arturo Mendoza, jugando me reclamaban por qué tantos días fuera.

A las 7:19 se sintió el jalón y una historia que se ha escuchado y escrito varias veces por el tamaño de la tragedia.

Salimos Paco Salazar –“¿qué hago? en Monterrey no tiembla”, me dijo en esos momentos de incertidumbre y debilidad ante la fuerza de la naturaleza- y este reportero a la avenida Juárez, corrí a Balderas y a mis espaldas escuché la explosión que generó el incendio del hotel.

Por unos segundos volví la vista atrás y vi la escena del incendio y el derrumbe de ese y otros edificios, el terror en los rostros, la incredulidad de quienes con lágrimas observaban paralizados los hechos, testigos de lo que confirmaba era una gran tragedia en una gran ciudad.

Di la vuelta y seguí por Balderas, hoy puedo contarlo.

Han pasado 32 años y en la misma fecha del mayor desastre de la historia de la ciudad de México volvió a temblar.

El movimiento telúrico de 1985 devastó el centro de la capital de la República y era como si hubiera desaparecido todo México, el centralismo que nos ahogaba hizo penar que todo el país había resultado afectado por el sismo que provocó daños severos en cientos de edificios y causó la muerte de miles de personas, número que jamás se conoció oficialmente con detalles de nombres y apellidos.

El gobierno de Miguel de la Madrid dijo que fueron 3 mil 692.  Mientras la Cruz Roja Mexicana declaró que la cifra superó los 10 mil muertos. Los afectados por el desastre, entre damnificados y quienes sufrieron secuelas psicológicas, tampoco se supo.

La vieja ciudad de finales del siglo pasado, en especial su centro, ha cambiado. Las casonas, edificios y bodegas derruidas dejaron su lugar a nuevas construcciones o fueron derrumbadas para parques y centros culturales. Los posteriores gobiernos capitalinos implementaron nuevos reglamentos de construcción con el objetivo de que resistan los sismos de alta magnitud como el ocurrido y aun así hay dolor y muerte.

Hay que reconocer que miles de los que participaron en el rescate o fueron víctimas propiciaron el nacimiento de movimientos sociales que trasformaron la vida política de lo que hoy es la Ciudad de México.

Entre lo más importante es la propuesta de una cultura de protección civil que no existía, y hoy es más que atender las emergencias por los temblores y los mexicanos estamos atentos para prevenirnos de huracanes, actividad volcánica e inundaciones.

Legalmente las dependencias públicas y empresas están obligadas a contar con capacitación para reaccionar en casos de desastre.

Hoy hay 4 millones de habitantes de la capital que nacieron en 1985 o después, ésta es el rostro que conocen orgullosamente de su ciudad.

El resultado concreto del sismo de 1985 fue que más de 800 edificios se colapsaron y miles de casas resultaron afectadas.

Como respuesta positiva nació el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred), que además de atender el problema de los sismos en los últimos años se concentra en las afectaciones por huracanes e inundaciones.

Recuerdo que en aquel 19 de septiembre las autoridades del gobierno federal y la regencia del Distrito Federal permanecieron por horas paralizadas.

Así nació la sociedad civil en México, la ayuda y el rescate quedó a cargo de miles de voluntarios que sólo con sus manos rescataron a personas atrapadas bajo los escombros.

La mayor lección del sismo de 1985, permitió que ahora existe conciencia sobre cómo prevenir un desastre y la forma de sobrevivir a ellos, incluso mi amigo y compañero de Monterrey sabe que hacer a pesar de que en su tierra no tiemble.

Hay una cultura de protección civil que legalmente existe en todos los niveles de gobierno, eso evita la muerte de miles y catástrofes mayores o como la ocurrida en 1985, un ejemplo lo que sucedió este martes, treinta y dos años después.

Miles de mexicanos pudieron salir en orden de sus escuelas y centros de trabajos, de sus hogares y lugares de reunión y asumir actitudes solidarias y siguieron de pie para enfrentar la catástrofe y salir adelante.

La vida sigue, no se detiene jamás.

 

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